martes, 29 de diciembre de 2009

Opinión

TÚNICA DE LA INSEGURIDAD


HACE YA UN BUEN TIEMPO en la ciudad de Santiago de Chuco, una caterva de pobladores enardecidos, tomó las riendas de su propia justicia y ultimó violentamente a un hatajo de delincuentes, que escapaba luego de atracar un ómnibus interprovincial. Se trataba de una banda que operaba en base al abordaje desde un punto del camino. Aquello estuvo en boca de la prensa por lo menos unas tres semanas. Y si bien es cierto que la sociedad no premia aquella forma de reacción, no puede desecharse las razones que aventaron a este grupo a cometer esas acciones. Puesto que la ley en muchas ocasiones peca de flexible y eminentemente favorable al delincuente. Tanto es así que, cuando incluso ya se encuentran recluidos, continúan desde ahí con sus operaciones, siendo autores indirectos de secuestros, extorsiones, asesinatos, etc.
La existencia de un comando para-policial que eliminaba delincuentes por encargo de un consorcio de empresarios en la ciudad de Trujillo ha despertado una gran polémica en los medios, y una división, a la vez, en nuestra sociedad. Los defensores sin cuartel de los derechos humanos han saltado de inmediato a condenar, de la manera más severa, las atrocidades cometidas por los responsables de atentar contra la vida de los pobrecillos delincuentes. Estos (en su mayoría periodistas, sociólogos, políticos, etc. pertenecientes a la clase media-alta) en aplicación del fundamento humanista que derrota los excesos de gobiernos abusivos, pero que a la vez permite que individuos que no saben, y ni quieren conocer tampoco, lo que son derechos humanos se cobijen a su conveniencia luego de atentar, de una manera netamente injusta y abusiva, contra cualquier otro, parapetan el submundo criminal y desmedran el impulso del Estado, u otra fuerza, de intentar poner el orden o por lo menos depurar lo malo en esta sociedad. Ellos además nos dicen siempre que debemos derramar nuestra confianza plena y sin dudarlo en el Derecho. Cuando todos, sin habernos adentrado en un proceso, ya sabemos lo podrido que es nuestro sistema. Por el otro lado, las personas que de alguna forma fueron víctimas de delincuentes no tuvieron la menor clemencia como los teóricos de clase alta, que caminan en lugares exclusivos donde no podrían ni tocarlos los que venden caramelos, y, de hecho y sin demora, han apoyado la existencia de esos grupos para-policiales. Aquello fue aplaudido y además se dijo que debiera de existir un grupo para-policial en todas las ciudades; el ajusticiamiento clandestino es una forma de remedio efectiva sin lugar a dudas, puesto que cuando se sabe quién es el delincuente, en dónde opera, en dónde vive, y además se tiene percepción de su recalcitrante forma de accionar (porque se logra percibir que nunca cambiará ─ dicha cultura es lo que manda en él ─), no queda más que aminorar el riesgo para el resto de personas.
Desde luego que lo dicho en estas líneas va a ponerse como un mero manifiesto genocida para aquellos que defienden con las uñas y los dientes la teoría de los derechos humanos; sin embargo, deben de tener en cuenta que ésta, tal y como las demás teorías sociales, es tan sólo, como digo, una teoría, una doctrina, y, desde luego, no es perfecta y nunca lo será. La manía de basarse en la clemencia y nunca reprimenda del que suele delinquir y dejarlo que hasta dentro de la cárcel haga un mundo en donde nadie (ni siquiera el mismo Estado, como un cuerpo macilento) puede entrar, es la manera más siniestra de incubar el crecimiento desmedido e irrefrenable de la lacra, y dicho actuar es como un cáncer que amedrenta a casi toda América Latina. El Derecho Penal del Enemigo es una teoría que se aplica en especial contra los terroristas (y ésta también fricciona con la teoría de los Derechos humanos), y es en cierto modo, a mi parecer, lo que debiera de implantarse en nuestro suelo para al menos evitar (si eso es lo que se quiere) la clandestinidad del amedrentamiento al mundo criminal. Y esto sin restar razones, puesto que podría decirse que después del terrorismo de la década de los 80, la ola y crecimiento de la delincuencia común ha venido a reemplazar dicha violencia que se combatiera con ahínco. Ahora si se quiere se podría decir que la delincuencia común es una forma, sin ideología, de sembrar el terror en las calles; puesto que hasta existen bandas organizadas con granadas y armamentos militares.
Estamos a tan sólo algunas horas de las fiestas; y tan sólo queda revisar, al día siguiente, el saldo de las víctimas que religiosamente quedan.



Lima, diciembre del 2009.

martes, 15 de septiembre de 2009

Opinión.

LA RE-PROTECCIÓN A LOS TURISTAS



HACE YA COMO OCHO MESES ATRÁS se vio con mucha gracia y sobresalto, que una nueva institución de los Estados Unidos de Norteamérica, ante la inminente afluencia de turistas, provenientes de su patria a nuestro suelo, en época de navidad y de año nuevo, había recomendado no viajar a ciertos puntos (o con más exactitud a las ciudades de Ayacucho, San Martín, e, inclusive, a Lima ─ en los lugares de la Plaza de Armas, Plaza San Martín, Gamarra, etc. ─), diciéndoles que en tales sitios, por motivo de las fiestas navideñas, los turistas suelen ser timados y asaltados por la tira de anormales que pulula por aquellas calles. Aquel problema peca de ser cierto y persistente todo el año, sea navidad, año nuevo, o fiestas patrias, o hasta cualquier fin de semana en que se salga a caminar por esos sitios; y no interesa a nadie (ni siquiera al delincuente) si eres gringo o chino, o cholo, o africano, etc. Aquel problema es persistente para todos.


HOY EN DÍA, domingo trece de setiembre del 2009, ya no estamos en ninguna fecha de festividades magnas (ya no es navidad ni año nuevo, y ni siquiera alguna fecha en especial en que se tenga algún motivo magro para celebrar), y sin embargo aquellos sitios siguen siendo el punto clave y predilecto para potenciales delincuentes, a la hora de escoger en dónde realizar sus fechorías. Ayer nomás, en pleno día, cogotearon a un turista en la avenida Tacna. Luego de unas horas, por lo menos se le pudo capturar a un par de delincuentes que participaron en el robo. No se pudo recobrar un solo dólar de lo sustraído por los asaltantes, solamente un celular que no tenía chip. Y los delincuentes, que aceptaron ser autores del agravio, luego de un ligero hostigamiento policial, tan sólo fueron recluidos unas horas en el calabozo (sólo hasta las once y media de la noche de ese mismo día para ser exactos). Y no pasó nada.
Esto, simplemente, se parece mucho a lo que pasa con cualquier persona en nuestro suelo. Siendo un extranjero o nacional. Pero contando con las distinciones relevantes, para ver en los enfoques económico-sociales de niveles macro y micro, nuestra tan mentada y dura lex tendría que brindar mayores garantías a los extranjeros más que nada; puesto que la empresa del turismo en realidad encaja como una de las fuentes principales de divisas. Muchas veces nuestro tan citado crecimiento se ha debido a ello. Y por eso mismo ─ atendiendo a que si bien por tales actos (robos, timos, narcoterrorismo, etc.), no se han ido reduciendo relevantemente ─, se debiera de hacer algo para asegurar, al menos, la señera permanencia de la cifra de turistas ingresantes al Perú. Porque, de hecho, frente a una medida innovativa como ésta, en el presente, no tendríamos manera de evitar disminución alguna de afluencia de turismo en nuestro suelo. Y más aún, si de repente otros países se tomaran esas mismas precauciones con su gente, ya estaríamos ante una gran disminución del flujo, que de hecho obligaría a muchos a pensar en una grieta insoslayable cuando no difícil de paliar.
En la misma Cuba de Fidel Castro, existen varias leyes que castigan muy severamente a las personas que delinquen contra los turistas. Ahí, de hecho, tienen de manera clara y contundente la finalidad de proteger la forma principal de sus ingresos relevantes. Por lo demás, la rigidez de su sistema sirve para asegurar la integridad de sus foráneos visitantes, que de hecho desde siempre miran dicha isla como un buen paraje para disfrutar, y qué mejor si es un lugar en donde cuentan con seguridad constante, puesto que para asaltar a algún turista se tendría que pensar bastante en recibir alguna pena rígida.
En el Perú nos hacen falta dichas garantías; puesto que si las hubiera, nunca habrían llegado a tal extremo de tacharse a tales zonas como de alto índice de riesgo (tanto así como para recomendarle a sus viajantes, no pisarlas ni de broma). No tendríamos una señera marca adicional. Una desventaja más que se aglomera al cúmulo de desventajas por doquier alrededor del mundo; porque, de hecho, desde luego no son pocas las naciones en donde se nos mira mal, porque tan sólo el simple hecho de portar la nacionalidad peruana te hace acreedor a ser considerado como un mal sujeto. Y es que, de verdad ─ aunque de hecho es lamentable ─, tienen su razón de ser esos temores. Pues, de hecho, ya hace mucho tiempo, buena parte de personas lumpen (una gran parte de peruanos, desde luego que no todos) cruzan la frontera y se establecen en diversas partes, no dejando sin embargo sus costumbres bajas en la tierra en que nacieron. Muy por el contrario, reconstruyen su barriada y hacen, nuevamente, las seriales idioteces de crear sus propias grescas entre barrios, pandillaje, asaltos y demás conductas anormales que en el extranjero, ciertamente, se ven mal. Esto último, ya cuadra en un problema concerniente a la labor educativa, que por demás está decir que en el Perú no desarrolla un plan idóneo y mucho menos a la par con la cultura, pues el Ministerio de Cultura no ha existido nunca y va a existir jamás.
Por lo pronto, una adecuada garantía en cuanto a la severidad de pena en los delitos, cuando los dañados fueran los turistas, no estaría mal. Puesto que para cambiar la idiosincrasia de la gente de esos sitios (y que, en general, la delincuencia disminuya), haría más falta una estrategia a largo plazo, lo cual implicaría economía, sociedad y educación al mismo tiempo. Eso, la verdad, es mucho tiempo. Hasta cuando al menos disminuya aquello en un pequeño 0.0001%, casi nadie ya querrá venir al Perú. Cuando menos hay que asegurarnos, desde ahora, que el ingreso del turismo se mantenga como siempre. Puesto que si andamos, por ejemplo, haciendo promoción a los parajes de la selva, deberíamos tomar en cuenta que el bajón que tuvo en esa escala de “Las siete maravillas naturales” es directa y sola consecuencia de los asaltantes de turistas ─ que hace poco vio la luz, y desde luego que dejó de ser usualmente ignorado, por haber chocado con la embarcación en donde iba un conocido chef peruano ─. Eso, pues, también sería el comienzo del desmedro.


Lima, setiembre del 2009.