TÚNICA DE LA INSEGURIDAD
HACE YA UN BUEN TIEMPO en la ciudad de Santiago de Chuco, una caterva de pobladores enardecidos, tomó las riendas de su propia justicia y ultimó violentamente a un hatajo de delincuentes, que escapaba luego de atracar un ómnibus interprovincial. Se trataba de una banda que operaba en base al abordaje desde un punto del camino. Aquello estuvo en boca de la prensa por lo menos unas tres semanas. Y si bien es cierto que la sociedad no premia aquella forma de reacción, no puede desecharse las razones que aventaron a este grupo a cometer esas acciones. Puesto que la ley en muchas ocasiones peca de flexible y eminentemente favorable al delincuente. Tanto es así que, cuando incluso ya se encuentran recluidos, continúan desde ahí con sus operaciones, siendo autores indirectos de secuestros, extorsiones, asesinatos, etc.
La existencia de un comando para-policial que eliminaba delincuentes por encargo de un consorcio de empresarios en la ciudad de Trujillo ha despertado una gran polémica en los medios, y una división, a la vez, en nuestra sociedad. Los defensores sin cuartel de los derechos humanos han saltado de inmediato a condenar, de la manera más severa, las atrocidades cometidas por los responsables de atentar contra la vida de los pobrecillos delincuentes. Estos (en su mayoría periodistas, sociólogos, políticos, etc. pertenecientes a la clase media-alta) en aplicación del fundamento humanista que derrota los excesos de gobiernos abusivos, pero que a la vez permite que individuos que no saben, y ni quieren conocer tampoco, lo que son derechos humanos se cobijen a su conveniencia luego de atentar, de una manera netamente injusta y abusiva, contra cualquier otro, parapetan el submundo criminal y desmedran el impulso del Estado, u otra fuerza, de intentar poner el orden o por lo menos depurar lo malo en esta sociedad. Ellos además nos dicen siempre que debemos derramar nuestra confianza plena y sin dudarlo en el Derecho. Cuando todos, sin habernos adentrado en un proceso, ya sabemos lo podrido que es nuestro sistema. Por el otro lado, las personas que de alguna forma fueron víctimas de delincuentes no tuvieron la menor clemencia como los teóricos de clase alta, que caminan en lugares exclusivos donde no podrían ni tocarlos los que venden caramelos, y, de hecho y sin demora, han apoyado la existencia de esos grupos para-policiales. Aquello fue aplaudido y además se dijo que debiera de existir un grupo para-policial en todas las ciudades; el ajusticiamiento clandestino es una forma de remedio efectiva sin lugar a dudas, puesto que cuando se sabe quién es el delincuente, en dónde opera, en dónde vive, y además se tiene percepción de su recalcitrante forma de accionar (porque se logra percibir que nunca cambiará ─ dicha cultura es lo que manda en él ─), no queda más que aminorar el riesgo para el resto de personas.
Desde luego que lo dicho en estas líneas va a ponerse como un mero manifiesto genocida para aquellos que defienden con las uñas y los dientes la teoría de los derechos humanos; sin embargo, deben de tener en cuenta que ésta, tal y como las demás teorías sociales, es tan sólo, como digo, una teoría, una doctrina, y, desde luego, no es perfecta y nunca lo será. La manía de basarse en la clemencia y nunca reprimenda del que suele delinquir y dejarlo que hasta dentro de la cárcel haga un mundo en donde nadie (ni siquiera el mismo Estado, como un cuerpo macilento) puede entrar, es la manera más siniestra de incubar el crecimiento desmedido e irrefrenable de la lacra, y dicho actuar es como un cáncer que amedrenta a casi toda América Latina. El Derecho Penal del Enemigo es una teoría que se aplica en especial contra los terroristas (y ésta también fricciona con la teoría de los Derechos humanos), y es en cierto modo, a mi parecer, lo que debiera de implantarse en nuestro suelo para al menos evitar (si eso es lo que se quiere) la clandestinidad del amedrentamiento al mundo criminal. Y esto sin restar razones, puesto que podría decirse que después del terrorismo de la década de los 80, la ola y crecimiento de la delincuencia común ha venido a reemplazar dicha violencia que se combatiera con ahínco. Ahora si se quiere se podría decir que la delincuencia común es una forma, sin ideología, de sembrar el terror en las calles; puesto que hasta existen bandas organizadas con granadas y armamentos militares.
Estamos a tan sólo algunas horas de las fiestas; y tan sólo queda revisar, al día siguiente, el saldo de las víctimas que religiosamente quedan.
Lima, diciembre del 2009.
HACE YA UN BUEN TIEMPO en la ciudad de Santiago de Chuco, una caterva de pobladores enardecidos, tomó las riendas de su propia justicia y ultimó violentamente a un hatajo de delincuentes, que escapaba luego de atracar un ómnibus interprovincial. Se trataba de una banda que operaba en base al abordaje desde un punto del camino. Aquello estuvo en boca de la prensa por lo menos unas tres semanas. Y si bien es cierto que la sociedad no premia aquella forma de reacción, no puede desecharse las razones que aventaron a este grupo a cometer esas acciones. Puesto que la ley en muchas ocasiones peca de flexible y eminentemente favorable al delincuente. Tanto es así que, cuando incluso ya se encuentran recluidos, continúan desde ahí con sus operaciones, siendo autores indirectos de secuestros, extorsiones, asesinatos, etc.
La existencia de un comando para-policial que eliminaba delincuentes por encargo de un consorcio de empresarios en la ciudad de Trujillo ha despertado una gran polémica en los medios, y una división, a la vez, en nuestra sociedad. Los defensores sin cuartel de los derechos humanos han saltado de inmediato a condenar, de la manera más severa, las atrocidades cometidas por los responsables de atentar contra la vida de los pobrecillos delincuentes. Estos (en su mayoría periodistas, sociólogos, políticos, etc. pertenecientes a la clase media-alta) en aplicación del fundamento humanista que derrota los excesos de gobiernos abusivos, pero que a la vez permite que individuos que no saben, y ni quieren conocer tampoco, lo que son derechos humanos se cobijen a su conveniencia luego de atentar, de una manera netamente injusta y abusiva, contra cualquier otro, parapetan el submundo criminal y desmedran el impulso del Estado, u otra fuerza, de intentar poner el orden o por lo menos depurar lo malo en esta sociedad. Ellos además nos dicen siempre que debemos derramar nuestra confianza plena y sin dudarlo en el Derecho. Cuando todos, sin habernos adentrado en un proceso, ya sabemos lo podrido que es nuestro sistema. Por el otro lado, las personas que de alguna forma fueron víctimas de delincuentes no tuvieron la menor clemencia como los teóricos de clase alta, que caminan en lugares exclusivos donde no podrían ni tocarlos los que venden caramelos, y, de hecho y sin demora, han apoyado la existencia de esos grupos para-policiales. Aquello fue aplaudido y además se dijo que debiera de existir un grupo para-policial en todas las ciudades; el ajusticiamiento clandestino es una forma de remedio efectiva sin lugar a dudas, puesto que cuando se sabe quién es el delincuente, en dónde opera, en dónde vive, y además se tiene percepción de su recalcitrante forma de accionar (porque se logra percibir que nunca cambiará ─ dicha cultura es lo que manda en él ─), no queda más que aminorar el riesgo para el resto de personas.
Desde luego que lo dicho en estas líneas va a ponerse como un mero manifiesto genocida para aquellos que defienden con las uñas y los dientes la teoría de los derechos humanos; sin embargo, deben de tener en cuenta que ésta, tal y como las demás teorías sociales, es tan sólo, como digo, una teoría, una doctrina, y, desde luego, no es perfecta y nunca lo será. La manía de basarse en la clemencia y nunca reprimenda del que suele delinquir y dejarlo que hasta dentro de la cárcel haga un mundo en donde nadie (ni siquiera el mismo Estado, como un cuerpo macilento) puede entrar, es la manera más siniestra de incubar el crecimiento desmedido e irrefrenable de la lacra, y dicho actuar es como un cáncer que amedrenta a casi toda América Latina. El Derecho Penal del Enemigo es una teoría que se aplica en especial contra los terroristas (y ésta también fricciona con la teoría de los Derechos humanos), y es en cierto modo, a mi parecer, lo que debiera de implantarse en nuestro suelo para al menos evitar (si eso es lo que se quiere) la clandestinidad del amedrentamiento al mundo criminal. Y esto sin restar razones, puesto que podría decirse que después del terrorismo de la década de los 80, la ola y crecimiento de la delincuencia común ha venido a reemplazar dicha violencia que se combatiera con ahínco. Ahora si se quiere se podría decir que la delincuencia común es una forma, sin ideología, de sembrar el terror en las calles; puesto que hasta existen bandas organizadas con granadas y armamentos militares.
Estamos a tan sólo algunas horas de las fiestas; y tan sólo queda revisar, al día siguiente, el saldo de las víctimas que religiosamente quedan.
Lima, diciembre del 2009.