jueves, 11 de septiembre de 2008

LO QUE SIMPLEMENTE ES IMPORTANTE




Simplemente, es importante conocer de aquellos genios culturales que influyeron en las formas de narrar, inconfundiblemente, que, sin duda, a todos nos cautivan, cuando estamos consumiendo alguna obra galopante y extasiante de don Mario Vargas Llosa. Uno de estos genios, por supuesto, es el escritor William Faulkner. Aquí, sin duda, y sin mediar un animus plagiandi, simplemente agrego una entrevista, que yo creo, a mi criterio, todos sus lectores deberíamos haber leído en su momento. Aquí les va:











La República (Lima), Domingo 22 de julio de 1990
Vargas Llosa visita a Faulkner


Entrevista de Raymond L. Williams (autor de Vargas Llosa: Otra historia de un deicidio, Taurus, 2001)
(Archivo Max Silva Tuesta)


A inicios de su campaña política (1987) Mario Vargas Llosa hizo un viaje a los Estados Unidos. Allí cumplió una de sus más deseadas peregrinaciones literarias: visitar la casa-museo de William Faulkner en Oxford (Mississipi). El novelista de "Desciende, Moisés", "El sonido y la furia", "Mientras agonizo" es, con Gustave Flaubert, uno de los modelos inalcanzables de MVLL, que evoca aquí lo que significó para su obra y su generación en una extraordinaria entrevista, inédita en nuestro país, que nos presenta la verdadera cara (demasiado oculta por la política) de un escritor que estimamos, con todas sus contradicciones y su relación de amor-odio con el Perú.


Durante su estancia en el Medio Oeste, usted demostró mucho interés por realizar este viaje. Ahora que ya lo concluyó, ¿cuál fue para usted el mejor momento?


Me conmovió mucho la tumba de Faulkner, la gran austeridad de la tumba. En realidad, no había ninguna indicación de que allí estuviera enterrado un gran hombre. Además, todo el paisaje de la zona de Oxford es muy bello. Es verdad que es un sitio hermoso: sus árboles, sus casas. Es probable que no haya cambiado gran cosa. Puede verse mucho que está como en tiempos de Faulkner. Como sabe, soy muy fetichista con los escritores: me conmueve mucho ver sus libros, sus manuscritos, los otros objetos. También me impresionó mucho el que, a diferencia de lo que suele suceder, en Oxford, y sobre todo cuando ves la Corte, las casas, ves cuán cerca de la realidad está la ficción. Fue una experiencia maravillosa. Desde luego, es muy diffcil explicarlo así, de pronto, pero para mí el momento más enternecedor, más conmovedor, fue cuando la pareja holandesa dijo: "Estamos aquí porque lo leímos a usted. Hemos leído sus novelas. Decidimos comenzar a leer a Faulkner tras leer en el periódico los comentarios de usted sobre él".


Después de visitar estos lugares, ¿ha cambiado de opinión con respecto a Faulkner como hombre?


Tal vez sea muy pronto para decirlo. Probablemente la verdadera revelación fue lo que Frederick Karl nos dijo acerca de Faulkner y la bebida. Sabía que bebía mucho, pero nunca pensé que tanto. Ahora mi admiración por él es incluso mayor: si bebes tanto, ¿cómo puedes crear un mundo tan vasto y complejo? ¿Cómo le es posible a una mente totalmente impregnada por el alcohol manejar tal número de detalles y crear con tal coherencia? Por otra parte, la imagen que Fred Karl nos dio —de Faulkner bebiendo solo— es trágica.




FETICHISMO Y FORMA




¿Leyó la biografía escrita por Joseph Blotner?




Sí, leí el libro canónico de Blotner. Una visita como ésta te da probablemente un panorama de las cosas mucho más visual y emotivo. Como escritor, siempre me gusta obtener toda la información posible sobre la vida de los autores. Creo que es puro fetichismo, tal vez un intento inconsciente de contaminarme, de infectarme de ellos.



¿Cuándo leyó por vez primera a Faulkner? ¿Fue una lectura tan dramática como la que —según contó usted mismo— hizo de Madame Bovary?


Lo recuerdo bien. Fue en 1953, durante mi primer año en la Universidad de San Marcos, en Lima. El primer libro fue ¡Absalón! ¡Absalón! También leí muy pronto los cuentos de Esos trece. En aquellos días leía a Faulkner en las traducciones españolas y francesas. Las traducciones al francés de Maurice Coindreau eran maravillosas. Era un gran traductor. Leí su excelente versión de Santuario, con prefacio de André Malraux. De inmediato me impresionó el genio de Faulkner. Creo que sólo entonces descubrí la importancia de la forma en la literatura. Faulkner me mostró cómo eran absolutamente esenciales una cierta organización del tiempo y del punto de vista, pues determinaban si el texto era sutil y ambiguo o torpe y superficial. Descubrí cómo la propia forma podía ser un personaje o un tema de la novela. Lo que recuerdo muy bien, y es importante señalarlo para comprender mi relación con Faulkner, es que fue el primer escritor a quien leí con una pluma en la mano y un papel al lado del libro.


¿Qué significa eso de "leer con la pluma en la mano”?


Sí, buscaba una línea de guía, una estructura. Por aquella época ya escribía un poco, y leer a Faulkner me abrió los ojos a la invención formal. Y fue una idea que me excitó mucho. Además, Faulkner me dio la convicción firme de que un argumento siempre iba acompañado de una forma. No puede descuidarse el argumento. La forma no puede ser en sí una meta, un fin. Pienso que la ficción debe incluir siempre la experiencia humana. Como puedes ver, sigo siendo muy leal ala idea que de la novela tenía Faulkner.


¿Usted llegó a Faulkner tan obsesivamente como a Flaubert?


No del todo, pues al principio no podía leerlo en inglés. Comencé a leer a Faulkner en inglés por 1962 o 63, con la traducción francesa al lado. Pero Faulkner es un escritor que jamás he dejado de leer. Lo releo todo el tiempo. Creo que he leído Luz de agosto por lo menos media docena de veces. Ese pasaje soberbio en que Hightower predica y mezcla la Biblia a su sermón, y la castración de Joe Christmas están hechos extraordinariamente bien. Faulkner y Flaubert son los escritores que he leído y releído más.


Además de la tumba de Faulkner, visitó la de Flaubert. ¿Este mismo homenaje lo tiene pendiente con algún otro escritor?


Les debo mucho, y me siento cercano a ellos. No siento la necesidad de hacerle este tipo de homenaje a ningún otro escritor, incluso a alguien como Hugo, a quien admiro tanto.


¿Piensa que Faulkner es el escritor extranjero que más ha influido en los autores hispanoamericanos?


Podría afirmarse tal cosa. Quizá Hemingway fue el otro escritor comparable en esto. Sin embargo, no creo en verdad que haya perdurado tanto como Faulkner. Incluso diría que Faulkner ha sido el escritor más importante en Europa y América Latina en los últimos cuarenta o cincuenta años.




OPRESORES Y OPRIMIDOS




¿Tiene tanta importancia en la literatura de su país?


En Perú fue muy importante para mi generación. Carlos Eduardo Zavaleta, por ejemplo, escribió una tesis sobre Faulkner. En Perú tradujeron y publicaron El fauno de mármol. Incluso Arguedas, menos faulkneriano que la mayoría de los otros, tiene algunas huellas de Faulkner. Sin embargo, Uruguay y Argentina son los países donde la sombra de Faulkner ha estado más presente.


Cree que el ambito referencial del que habla Faulkner en sus novelas podría tener relación con algún otro hispanoamericano?


Sí, es un elemento importante. Ambas sociedades son muy similares porque tienen dos culturas básicas: la del opresor y la del oprimido, que siempre están chocando, creando siempre tensiones. Es una coexistencia difícil. Además, la presencia delpasado es algo de mucha importancia en América Latina y en el Sur de Faulkner. Es un fenómeno que, por ejemplo, no se da en la parte oriental de los Estados Unidos. El de Faulkner es un mundo tradicional, exactamente como la sociedad peruana o la colombiana. La estructura de clases es totalmente latinoamericana. Y Faulkner inventó una herramienta técnica para darle vida a este mundo. Esa invención fue muy importante para nosotros, los escritores latinoamericanos que buscábamos un instrumento para hacer lo mismo. Se necesita tener una especie de ingenuidad, muy típica de esas sociedades, para atreverse a intentar ser el Balzac del siglo XX. Esto fue muy importante para muchos escritores latinoamericanos.


¿Cuál es, de entre todas sus novelas, la que considera más interesante?


Luz de agosto es probablemente el libro que prefiero. No obstante, pienso que el total de la obra de Faulknersupera cualquiera de sus libros por separado. Por ejemplo, una novela débil, como Mosquitos, se vuelve más interesante cuando se la ve en el contexto de la obra completa. En Mosquitos el joven Faulkner intentaba ser más un intelectual que un creador, escribir más con las ideas que con el instinto. Fracasó, y creo que el fracaso le resulto muy instructivo. Comprendió que debía regresar a su propia tierra. Tal vez Oxford le resultó una especie de prisión, pero quedarse allí fue el precio que pagó por escribir obras maestras. Todo esto me resulta muy interesante.




ODIO Y NECESIDAD




¿Podría pensar lo mismo del Perú?


En algunos aspectos. A veces odio el Perú, pero sé que aunque lo odie lo necesito. Lo sentí cuando estuve en Europa. Supe que si no regresaba a Perú, me acabaría. A diferencia de otros escritores —como Cortázar—, Perú me estimula, incluso con todos sus problemas.


¿Qué le parece El sonido y la furia?


Es un libro que amo mucho, aunque no sea una obra maestra. Aquí se rompe el equilibrio entre forma y contenido. De vez en cuando, la forma predomina sobre lo que se dice. A diferencia de lo ocurrido en Luz de agosto, en El sonido y la furia Faulkner se acerca a los peligros de Joyce, a quien derrotó su indulgencia con la forma.


Pero, de esa novela, algo como la sección de Benjy debió ser muy impresionante para un escritor joven.


Bueno, sí es muy impresionante descubrir que se está entrando en la mente de un idiota. La primera vez que la leí estaba confuso y excitado. Pero creo que aquí Faulkner se permite excesos formales.




¿Corre con mejor suerte Mientras agonizo?


Definitivamente. Aquí la forma es consistente con la historia.


Noto algunas similitudes entre Una rosa para Emily y algunos de sus cuentos iniciales. ¿Piensa que ese relato fue una especie de modelo para el Vargas Llosa adolescente?


Pienso que pudo ser una especie de modelo. La he leído muchas, muchas veces, y en cada una de ellas quedé impresionado por su concentración extraordinaria, su modo de sintetizar tanto en tan poco. Debió ser sumamente difícil contar ese melodrama terrible en tan pocas páginas. Pero se lo narra de manera tan indirecta, que una vez descubierto lo que en realidad ha sucedido, es demasiado tarde. Es una de las obras maestras de Faulkner. Lo que más me impresiona en esta narracion no es sólo la anécdota del crimen cometido por la adorable señorita Emily, sino al mismo tiempo la historia del pueblo en el que la dama vivió su aventura de amor y su matrimonio macabro con el cuerpo del amado. De hecho, en el texto, literalmente se ve el fluir del tiempo, a la pequeña aldea crecer y a sus habitantes envejecer. El telón de fondo de la historia es —como tantas veces en Faulkner— tan importante como la anécdota misma.




BOA Y BENJY




¿Piensa que habría podido escribir las primeras novelas, La ciudad y los perros, La Casa Verde y Conversación en La Catedral, de no haber leído a Faulkner?


Lo dudo mucho. De no haber leído a Faulkner no las habría escrito, o al menos no del modo en que lo hice. Como ya lo mencioné, Faulkner fue el primer escritor que leí con una pluma en la mano y un papel al lado.


¿Cree que la presentación de Boa en La ciudad y los perros tiene su origen en la lectura de la sección de Benjy en El sonido y la furia?


Es muy posible. Al menos respecto al hecho de que decidí presentar al personaje consistentemente desde dentro, mediante su mente, sus apetitos, sus instintos. Es probable que lo hiciera así por haber leído la presentación de un personaje como Benjy.


¿Y qué me dice de las secciones Piura en La Casa Verde? ¿Cree que este estilo tan diferente pueda ser atribuido también a Faulkner?


Pienso que viene de distintas fuentes. Una, las novelas de caballería. También el cine. En esas secciones utilizo deliberadameñte un lenguaje épico. Quería que esa parte de La Casa Verde quedara distanciada del lector. Viene a él desde un intermediario, la ciudad. Pienso que aquí tengo el derecho de permitírmelo.


¿Cree que había agotado a Faulkner en el momento de completar Conversación en La Catedral?


Visto en retrospectiva, pienso que cuando terminé Conversación en La Catedral alcanzaba un punto donde descubrí que la invisibilidad era una meta más deseable de lo que había sido antes.




PECADO Y MATRIMONIO




¿Ya no se interesaba por la forma?


Ya no me interesaba en el propósito de exhibir la forma en sí. Ahora sé que la claridad puede ser mejor que la dificultad, y a la vez contar una historia que valga la pena. Es una lección que aprendí con la experiencia, tal vez comparable a la de necesitar un amorío pecaminoso para ser capaz de apreciar un buen matrimonio.


¿Es Faulkner el único escritor norteamericano que ha influido en su obra?


Melville. Lo leí con enorme admiración. También Poe. Y toda la generación perdida: Hemingway, Dos Pasos, Caldewell Steinbeck. En los sesenta releí a Hawthorne con un grupo de amigos. Siempre me mostré un poco impaciente con Henry James. Leí con gran placer los primeros libros de Capote. Siempre me ha admirado que no se le haya dado más reconocimiento a Paul Bowles. Escribió algunos cuentos que considero muy buenos. Y me gusta Carson McCullers... muy sutil, delicada y con una gran sensibilidad para la violencia de las relaciones humanas. Alguna vez leí a un crítico, Edmund Wilson, con gran pasión. Pienso que su ensayo A la estación de Finlandia es como una gran novela. A mediados de los sesenta estaba tan impresionado con Edmund Wilson que por seis meses fui al Museo Británico, día tras día, para leerlo.


Me gustaría terminar con una última pregunta sobre Faulkner. ¿Recuerda su reacción cuando supo de su muerte?


Sí, estaba en Londres y lo leí en The Times. Allí leí, una mañana, que Faulkner había muerto. Desde aquella mañana siempre quise venir al Sur y visitar Oxford. Ya lo hice. Y ha sido una experiencia maravillosa.







martes, 2 de septiembre de 2008

Opinión: Por Príapo Kahlle

EL AUMENTO DEL MALTRATO



MUCHAS VECES AL SUBIR al microbús de alguna línea de transporte urbano, de nuestra ciudad, hemos podido ser testigos de las inseguras y ramplonas condiciones en las que se encuentran dichas unidades en su mayoría. Y hasta, incluso, algunas veces hemos visto la pelona muy cercana a nuestro rumbo, pues pudimos ser las víctimas de un choque con fatales consecuencias; y esto, por supuesto, no tan sólo por las eventuales causas del camino ─ pues, sin duda, el riesgo siempre acecha en ellos ─, sino que, incluso y con mayor razón de queja, por la causa descarriada del chofer, que, muchas veces, sin mediar un pensamiento se domina por las ganas de cobrar revancha ─ con algún rival de barrio que también maneja ─ y se aventura con la vida de los pasajeros y cuanto peatón se cruce en su camino. Y desde luego que esto no es tan sólo una costumbre inculta, sino que incluso es toda una constante imbécil, que, sin duda, ni la policía ni la gente misma va a poder cambiar. De hecho, pues, porque la gente misma casi siempre se molesta, cuando un policía les detiene el carro y le requiere documentos al chofer, que por supuesto casi nunca tiene su brevete al día o simplemente no lo tiene porque nunca lo ha sacado. Y esto es casi siempre, como dije. O peor aún, se amargan cuando los sorprende la inspección de botiquín a bordo. Es decir, que ni ellos mismos piensan en su propia integridad; porque de hecho que jamás, cuando un chofer, sin su licencia habilitada, o, peor aún, que no la tiene porque nunca tuvo, empieza a conducir algún vehículo de riesgo ─ y esto es más con pasajeros ─, podría llegar a asegurarse, enteramente, la llegada sana y salva de la carga humana que se lleva. Y, desde luego, que es impropio asegurar que las personas llegarán ilesas, cuando el microbús que las transporta, tiene muchos desperfectos o también no cuenta con algunos implementos de seguridad o auxilio, que, de hecho, frente a alguna infausta situación se vuelven sumamente necesarios. De verdad que a varios ha llegado a molestarnos mucho, cuando paran el transporte a medio tramo de camino ─ y, desde luego, estamos apremiados por llegar a algún lugar ─, pero, sin duda, qué más da, si es por la vida misma que lo hacen.
Hace pocos días, se han venido incrementando los pasajes, a nivel de todo el territorio nacional. Y por lo general, se ve que aquel aumento viene dándose entre veinte y treinta céntimos de sol. Aquella variación ─ según los transportistas en común ─ es por el alza del petróleo y otros combustibles. Ésa es la común respuesta, desde luego, a los reclamos que les hacen los usuarios. Sin embargo, ya hace pocos días un representante (me parece que era el dirigente de su gremio o algo así; un tal Díaz León) salió a decir, en el diario Perú. 21, que dicha alza no era solamente por el precio de los combustibles, sino también ─ y con mayor causalidad ─ porque querían ofrecerle un buen servicio mejorado a los usuarios (algo de uniformes y otras cosas, dijo, que yo creo no le importan mucho al pasajero). Y, por supuesto, pues, entre las tantas pocas cosas que se esgrimen para defender la fluctuación de tal aumento, de cajón nos encontramos, desde luego, con la digna libertad para subir los precios que detenta las empresas del sector privado. Esto, por supuesto, sí que puede ser tangible, sin embargo peca de abusivo, puesto que el ingreso de las clases C y D no crece, y mucho menos tiene alguna pizca de esperanza de crecer. De más está decir, yo creo, que los que utilizan más aquel servicio de transporte, salen, mayormente, de los dos sectores antes mencionados (de hecho, pues, que las personas de sectores como el A y el B se valen sólo del servicio en ocasiones eventuales, y sin contar que por su situación pudiente no perciben nunca los desmedros del aumento). Los problemas son para la gente como uno, que utiliza día a día estos transportes.
Los servicios que nos brindan los señores del transporte urbano, cada día, son paupérrimos y peligrosos. Paupérrimos, de hecho, porque las austeras coasters que circulan diariamente, muchas veces, además de ser, sin duda, muy incómodas y sucias (pues, de hecho, muchas vienen oxidadas, con las lunas rotas, los asientos desgarrados y, para remate, algunos de ellos tan estrechos como para que tan sólo entren las personas con las piernas recortadas), cuentan con un hosco personal ignaro, irresponsable y, sin siquiera especular, irrespetuoso hasta el extremo. Y, de hecho, pues, que todo esto suena poco fuerte para algunos, pero comparado con las veces que se tiene que contar con un enfermo en el volante , puesto que no puede dársele membrete más exacto a la persona que por responder a ciertas riñas con choferes de otra empresa ─ y hasta a veces de su propia línea ─ no escatima con su rabia y cierra el paso y hasta incluso intenta provocar un choque, sin siquiera interesarle la existencia de los pasajeros (de ambos lados) y ni, por último, la suya misma, y peor aún la de los pobres peatones, que, como las otras víctimas de los vehículos, no tienen culpa alguna, de que un animal maneje libremente y utilice cuatro llantas como un arma nueva para no dejar de ser el delincuente que ha querido ser y que no puede mejorar porque no quiere desde siempre. Porque, de hecho, le ha gustado ser así. E inclusive, cuántas veces no le habrá tocado a uno compartir el viaje con la dupla insuperable e imperfecta del chofer enfermo y, de regalo, el cobrador piraña (o ex-piraña, o ex-recluso, etc., que, de hecho, no se quiere reformar), que, sin duda, se le saca al toque por los dejos de las ‘shs’ o de la voces deformadas por el trago o por alguna de las tantas taras que les salen razonadas porque, de hecho, para ellos es bacán hacerlas, porque son ‘de su barrunto pe’ varón’. Pero, si sólo fuesen esas pocas taras anormales (hablo de los cobradores), ciertamente, no serían perjudiciales para el público. Pues de hecho que se puede soportar aquella estupidez. Lo que, sin duda, no se puede soportar, de ningún modo, es la matonería y la insolencia que resultan de esta gente. Que de hecho piensan que al moverse de ese modo infunden miedo al pasajero, y hasta lo provocan a pelear algunas veces. Y qué decir de aquellas veces que le faltan el respeto a las mujeres y a los escolares. ¿Es que, de verdad, estas personas que no tienen límites en su barriada, pueden subyugar a todo el mundo cuando quieren? Puesto que, inclusive, ha habido veces, que los policías no han salido libres de la mierda de estos tipos, porque sin temor les gritan ‘pase’ cada vez que suben o tan sólo se los pasan sin abrir la puerta para que no puedan abordarlos. De por sí que todo esto es indignante. Y, por supuesto, no hace falta recalcar que existen leyes que facultan los derechos del pasaje medio y libre para tales casos. Sin embargo, veo que esto es letra muerta en nuestro suelo, sin reparo alguno.
Para mejorar dichos servicios de transporte urbano (como lo pretenden presentar estos señores del sector transporte), no tan sólo bastan uniformes y mejoras en las unidades, sino también una real y minuciosa selección de personal (con, inclusive, una veraz evaluación de corte psicológico), porque, en verdad, no pueden colocar a los residuos delincuenciales a tratar con los usuarios, que, por supuesto, no queremos aguantar aquel peligro sedicioso, puesto que viajar urbanamente nunca puede ser como el peor de los servicios del escalafón (como lo pueden ser, entrar en un burdel de mala muerte o comerciar en la cachina).


DE REPENTE AL ENSAYAR una comparación con un país de Europa (España), les parezca a pura burla sin modulación alguna, sin embargo, sin mirar tan lejos, en nuestro vecino país del sur (Chile), ahí el sector transporte no es tan burdo e informal como el de acá. Allá, para empezar, no existen cobradores. Y, de por sí, los conductores son personas evaluadas y con documentos siempre en regla, puesto que sin ello no se puede trabajar, porque funciona como un requisito de la empresa, que, en verdad, pretende dar un buen servicio a los usuarios. Los ómnibus son grandes, y, sin duda, tienen un mantenimiento acorde. Solamente se sufraga una tarifa única. Y desde luego que hay un buen respeto a las personas cabalmente. No se tiene trabajando en ellos a alimañas recicladas que no quieren integrarse al orden, y, por ello, ser mejores; pues allá el sector transporte no aglomera delincuentes.
Si es que, de repente, el argumento para el alza de pasajes viene siendo éste (el de mejorar la calidad de sus servicios), buenamente, ya podrían saber nuestros señores empresarios, lo que más o menos ya debían hacer, si, de verdad, y honradamente, lo que buscan con el alza, es mejorar la calidad, certeramente, de estos, y que el usuario sienta tal mejora de verdad. Pero me parece que para que logren tal hazaña le hace falta a nuestro mundo muchos años por cumplir. Pero, cuando menos, principiar con mejorar el personal que atiende al público, yo creo. Esto, desde luego, hará valer mejor los veinte o treinta céntimos, de más, que están cobrando ahora.




Lima, setiembre del 2008.