EL AUMENTO DEL MALTRATO
MUCHAS VECES AL SUBIR al microbús de alguna línea de transporte urbano, de nuestra ciudad, hemos podido ser testigos de las inseguras y ramplonas condiciones en las que se encuentran dichas unidades en su mayoría. Y hasta, incluso, algunas veces hemos visto la pelona muy cercana a nuestro rumbo, pues pudimos ser las víctimas de un choque con fatales consecuencias; y esto, por supuesto, no tan sólo por las eventuales causas del camino ─ pues, sin duda, el riesgo siempre acecha en ellos ─, sino que, incluso y con mayor razón de queja, por la causa descarriada del chofer, que, muchas veces, sin mediar un pensamiento se domina por las ganas de cobrar revancha ─ con algún rival de barrio que también maneja ─ y se aventura con la vida de los pasajeros y cuanto peatón se cruce en su camino. Y desde luego que esto no es tan sólo una costumbre inculta, sino que incluso es toda una constante imbécil, que, sin duda, ni la policía ni la gente misma va a poder cambiar. De hecho, pues, porque la gente misma casi siempre se molesta, cuando un policía les detiene el carro y le requiere documentos al chofer, que por supuesto casi nunca tiene su brevete al día o simplemente no lo tiene porque nunca lo ha sacado. Y esto es casi siempre, como dije. O peor aún, se amargan cuando los sorprende la inspección de botiquín a bordo. Es decir, que ni ellos mismos piensan en su propia integridad; porque de hecho que jamás, cuando un chofer, sin su licencia habilitada, o, peor aún, que no la tiene porque nunca tuvo, empieza a conducir algún vehículo de riesgo ─ y esto es más con pasajeros ─, podría llegar a asegurarse, enteramente, la llegada sana y salva de la carga humana que se lleva. Y, desde luego, que es impropio asegurar que las personas llegarán ilesas, cuando el microbús que las transporta, tiene muchos desperfectos o también no cuenta con algunos implementos de seguridad o auxilio, que, de hecho, frente a alguna infausta situación se vuelven sumamente necesarios. De verdad que a varios ha llegado a molestarnos mucho, cuando paran el transporte a medio tramo de camino ─ y, desde luego, estamos apremiados por llegar a algún lugar ─, pero, sin duda, qué más da, si es por la vida misma que lo hacen.
Hace pocos días, se han venido incrementando los pasajes, a nivel de todo el territorio nacional. Y por lo general, se ve que aquel aumento viene dándose entre veinte y treinta céntimos de sol. Aquella variación ─ según los transportistas en común ─ es por el alza del petróleo y otros combustibles. Ésa es la común respuesta, desde luego, a los reclamos que les hacen los usuarios. Sin embargo, ya hace pocos días un representante (me parece que era el dirigente de su gremio o algo así; un tal Díaz León) salió a decir, en el diario Perú. 21, que dicha alza no era solamente por el precio de los combustibles, sino también ─ y con mayor causalidad ─ porque querían ofrecerle un buen servicio mejorado a los usuarios (algo de uniformes y otras cosas, dijo, que yo creo no le importan mucho al pasajero). Y, por supuesto, pues, entre las tantas pocas cosas que se esgrimen para defender la fluctuación de tal aumento, de cajón nos encontramos, desde luego, con la digna libertad para subir los precios que detenta las empresas del sector privado. Esto, por supuesto, sí que puede ser tangible, sin embargo peca de abusivo, puesto que el ingreso de las clases C y D no crece, y mucho menos tiene alguna pizca de esperanza de crecer. De más está decir, yo creo, que los que utilizan más aquel servicio de transporte, salen, mayormente, de los dos sectores antes mencionados (de hecho, pues, que las personas de sectores como el A y el B se valen sólo del servicio en ocasiones eventuales, y sin contar que por su situación pudiente no perciben nunca los desmedros del aumento). Los problemas son para la gente como uno, que utiliza día a día estos transportes.
MUCHAS VECES AL SUBIR al microbús de alguna línea de transporte urbano, de nuestra ciudad, hemos podido ser testigos de las inseguras y ramplonas condiciones en las que se encuentran dichas unidades en su mayoría. Y hasta, incluso, algunas veces hemos visto la pelona muy cercana a nuestro rumbo, pues pudimos ser las víctimas de un choque con fatales consecuencias; y esto, por supuesto, no tan sólo por las eventuales causas del camino ─ pues, sin duda, el riesgo siempre acecha en ellos ─, sino que, incluso y con mayor razón de queja, por la causa descarriada del chofer, que, muchas veces, sin mediar un pensamiento se domina por las ganas de cobrar revancha ─ con algún rival de barrio que también maneja ─ y se aventura con la vida de los pasajeros y cuanto peatón se cruce en su camino. Y desde luego que esto no es tan sólo una costumbre inculta, sino que incluso es toda una constante imbécil, que, sin duda, ni la policía ni la gente misma va a poder cambiar. De hecho, pues, porque la gente misma casi siempre se molesta, cuando un policía les detiene el carro y le requiere documentos al chofer, que por supuesto casi nunca tiene su brevete al día o simplemente no lo tiene porque nunca lo ha sacado. Y esto es casi siempre, como dije. O peor aún, se amargan cuando los sorprende la inspección de botiquín a bordo. Es decir, que ni ellos mismos piensan en su propia integridad; porque de hecho que jamás, cuando un chofer, sin su licencia habilitada, o, peor aún, que no la tiene porque nunca tuvo, empieza a conducir algún vehículo de riesgo ─ y esto es más con pasajeros ─, podría llegar a asegurarse, enteramente, la llegada sana y salva de la carga humana que se lleva. Y, desde luego, que es impropio asegurar que las personas llegarán ilesas, cuando el microbús que las transporta, tiene muchos desperfectos o también no cuenta con algunos implementos de seguridad o auxilio, que, de hecho, frente a alguna infausta situación se vuelven sumamente necesarios. De verdad que a varios ha llegado a molestarnos mucho, cuando paran el transporte a medio tramo de camino ─ y, desde luego, estamos apremiados por llegar a algún lugar ─, pero, sin duda, qué más da, si es por la vida misma que lo hacen.
Hace pocos días, se han venido incrementando los pasajes, a nivel de todo el territorio nacional. Y por lo general, se ve que aquel aumento viene dándose entre veinte y treinta céntimos de sol. Aquella variación ─ según los transportistas en común ─ es por el alza del petróleo y otros combustibles. Ésa es la común respuesta, desde luego, a los reclamos que les hacen los usuarios. Sin embargo, ya hace pocos días un representante (me parece que era el dirigente de su gremio o algo así; un tal Díaz León) salió a decir, en el diario Perú. 21, que dicha alza no era solamente por el precio de los combustibles, sino también ─ y con mayor causalidad ─ porque querían ofrecerle un buen servicio mejorado a los usuarios (algo de uniformes y otras cosas, dijo, que yo creo no le importan mucho al pasajero). Y, por supuesto, pues, entre las tantas pocas cosas que se esgrimen para defender la fluctuación de tal aumento, de cajón nos encontramos, desde luego, con la digna libertad para subir los precios que detenta las empresas del sector privado. Esto, por supuesto, sí que puede ser tangible, sin embargo peca de abusivo, puesto que el ingreso de las clases C y D no crece, y mucho menos tiene alguna pizca de esperanza de crecer. De más está decir, yo creo, que los que utilizan más aquel servicio de transporte, salen, mayormente, de los dos sectores antes mencionados (de hecho, pues, que las personas de sectores como el A y el B se valen sólo del servicio en ocasiones eventuales, y sin contar que por su situación pudiente no perciben nunca los desmedros del aumento). Los problemas son para la gente como uno, que utiliza día a día estos transportes.
Los servicios que nos brindan los señores del transporte urbano, cada día, son paupérrimos y peligrosos. Paupérrimos, de hecho, porque las austeras coasters que circulan diariamente, muchas veces, además de ser, sin duda, muy incómodas y sucias (pues, de hecho, muchas vienen oxidadas, con las lunas rotas, los asientos desgarrados y, para remate, algunos de ellos tan estrechos como para que tan sólo entren las personas con las piernas recortadas), cuentan con un hosco personal ignaro, irresponsable y, sin siquiera especular, irrespetuoso hasta el extremo. Y, de hecho, pues, que todo esto suena poco fuerte para algunos, pero comparado con las veces que se tiene que contar con un enfermo en el volante , puesto que no puede dársele membrete más exacto a la persona que por responder a ciertas riñas con choferes de otra empresa ─ y hasta a veces de su propia línea ─ no escatima con su rabia y cierra el paso y hasta incluso intenta provocar un choque, sin siquiera interesarle la existencia de los pasajeros (de ambos lados) y ni, por último, la suya misma, y peor aún la de los pobres peatones, que, como las otras víctimas de los vehículos, no tienen culpa alguna, de que un animal maneje libremente y utilice cuatro llantas como un arma nueva para no dejar de ser el delincuente que ha querido ser y que no puede mejorar porque no quiere desde siempre. Porque, de hecho, le ha gustado ser así. E inclusive, cuántas veces no le habrá tocado a uno compartir el viaje con la dupla insuperable e imperfecta del chofer enfermo y, de regalo, el cobrador piraña (o ex-piraña, o ex-recluso, etc., que, de hecho, no se quiere reformar), que, sin duda, se le saca al toque por los dejos de las ‘shs’ o de la voces deformadas por el trago o por alguna de las tantas taras que les salen razonadas porque, de hecho, para ellos es bacán hacerlas, porque son ‘de su barrunto pe’ varón’. Pero, si sólo fuesen esas pocas taras anormales (hablo de los cobradores), ciertamente, no serían perjudiciales para el público. Pues de hecho que se puede soportar aquella estupidez. Lo que, sin duda, no se puede soportar, de ningún modo, es la matonería y la insolencia que resultan de esta gente. Que de hecho piensan que al moverse de ese modo infunden miedo al pasajero, y hasta lo provocan a pelear algunas veces. Y qué decir de aquellas veces que le faltan el respeto a las mujeres y a los escolares. ¿Es que, de verdad, estas personas que no tienen límites en su barriada, pueden subyugar a todo el mundo cuando quieren? Puesto que, inclusive, ha habido veces, que los policías no han salido libres de la mierda de estos tipos, porque sin temor les gritan ‘pase’ cada vez que suben o tan sólo se los pasan sin abrir la puerta para que no puedan abordarlos. De por sí que todo esto es indignante. Y, por supuesto, no hace falta recalcar que existen leyes que facultan los derechos del pasaje medio y libre para tales casos. Sin embargo, veo que esto es letra muerta en nuestro suelo, sin reparo alguno.
Para mejorar dichos servicios de transporte urbano (como lo pretenden presentar estos señores del sector transporte), no tan sólo bastan uniformes y mejoras en las unidades, sino también una real y minuciosa selección de personal (con, inclusive, una veraz evaluación de corte psicológico), porque, en verdad, no pueden colocar a los residuos delincuenciales a tratar con los usuarios, que, por supuesto, no queremos aguantar aquel peligro sedicioso, puesto que viajar urbanamente nunca puede ser como el peor de los servicios del escalafón (como lo pueden ser, entrar en un burdel de mala muerte o comerciar en la cachina).
DE REPENTE AL ENSAYAR una comparación con un país de Europa (España), les parezca a pura burla sin modulación alguna, sin embargo, sin mirar tan lejos, en nuestro vecino país del sur (Chile), ahí el sector transporte no es tan burdo e informal como el de acá. Allá, para empezar, no existen cobradores. Y, de por sí, los conductores son personas evaluadas y con documentos siempre en regla, puesto que sin ello no se puede trabajar, porque funciona como un requisito de la empresa, que, en verdad, pretende dar un buen servicio a los usuarios. Los ómnibus son grandes, y, sin duda, tienen un mantenimiento acorde. Solamente se sufraga una tarifa única. Y desde luego que hay un buen respeto a las personas cabalmente. No se tiene trabajando en ellos a alimañas recicladas que no quieren integrarse al orden, y, por ello, ser mejores; pues allá el sector transporte no aglomera delincuentes.
Si es que, de repente, el argumento para el alza de pasajes viene siendo éste (el de mejorar la calidad de sus servicios), buenamente, ya podrían saber nuestros señores empresarios, lo que más o menos ya debían hacer, si, de verdad, y honradamente, lo que buscan con el alza, es mejorar la calidad, certeramente, de estos, y que el usuario sienta tal mejora de verdad. Pero me parece que para que logren tal hazaña le hace falta a nuestro mundo muchos años por cumplir. Pero, cuando menos, principiar con mejorar el personal que atiende al público, yo creo. Esto, desde luego, hará valer mejor los veinte o treinta céntimos, de más, que están cobrando ahora.
Lima, setiembre del 2008.
Para mejorar dichos servicios de transporte urbano (como lo pretenden presentar estos señores del sector transporte), no tan sólo bastan uniformes y mejoras en las unidades, sino también una real y minuciosa selección de personal (con, inclusive, una veraz evaluación de corte psicológico), porque, en verdad, no pueden colocar a los residuos delincuenciales a tratar con los usuarios, que, por supuesto, no queremos aguantar aquel peligro sedicioso, puesto que viajar urbanamente nunca puede ser como el peor de los servicios del escalafón (como lo pueden ser, entrar en un burdel de mala muerte o comerciar en la cachina).
DE REPENTE AL ENSAYAR una comparación con un país de Europa (España), les parezca a pura burla sin modulación alguna, sin embargo, sin mirar tan lejos, en nuestro vecino país del sur (Chile), ahí el sector transporte no es tan burdo e informal como el de acá. Allá, para empezar, no existen cobradores. Y, de por sí, los conductores son personas evaluadas y con documentos siempre en regla, puesto que sin ello no se puede trabajar, porque funciona como un requisito de la empresa, que, en verdad, pretende dar un buen servicio a los usuarios. Los ómnibus son grandes, y, sin duda, tienen un mantenimiento acorde. Solamente se sufraga una tarifa única. Y desde luego que hay un buen respeto a las personas cabalmente. No se tiene trabajando en ellos a alimañas recicladas que no quieren integrarse al orden, y, por ello, ser mejores; pues allá el sector transporte no aglomera delincuentes.
Si es que, de repente, el argumento para el alza de pasajes viene siendo éste (el de mejorar la calidad de sus servicios), buenamente, ya podrían saber nuestros señores empresarios, lo que más o menos ya debían hacer, si, de verdad, y honradamente, lo que buscan con el alza, es mejorar la calidad, certeramente, de estos, y que el usuario sienta tal mejora de verdad. Pero me parece que para que logren tal hazaña le hace falta a nuestro mundo muchos años por cumplir. Pero, cuando menos, principiar con mejorar el personal que atiende al público, yo creo. Esto, desde luego, hará valer mejor los veinte o treinta céntimos, de más, que están cobrando ahora.
Lima, setiembre del 2008.
1 comentario:
Y de verdad que aquello es lo que jode....tener que soportar a toda esa cagada de gentuza, que, de hecho, es de lo peor.
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